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Pero ¿qué es el mal?

Jordi Claramonte – Mártes 9 de mayo de 2017 – Medialab-Prado (c/ Alameda, 15, Madrid)

Hace un par de años dedicamos este seminario a esbozar una pequeña tipología de monstruos, de formas de liarla parda o de malograrnos, o de todo junto. Ahí dejamos una clasificación que nos hablaba de monstruos aristocráticos y de masas, de monstruos endógenos y monstruos experienciales y vivediós que les encontramos paralelismos con unas cuantas manifestaciones del mundo del arte y como no en el de la política.

En el tiempo que ha pasado desde entonces he conseguido rematar y publicar el primer tomo de la Estética Modal. Durante todo el tiempo que le dediqué a ese libro ni por asomo volví a ocuparme de mi queridos monstruos, dejándolos reposar en sus diferentes formas y escalas.

El caso es que toda vez que la Estética modal empezó a dar sus frutos y a mostrarse en gráficos y figuras como el atractor de Lorenz o los diamantes, empecé a advertir que quizás esas herramientas podrían ser de provecho para mejor pensar los cuatro tipos de monstruos que habían ido apareciendo espontánea y -casi se diría- inductivamente tal y como iban apareciendo peliculas, noticieros y otras formas de terror barato.

Desde luego era obvio que la cinta de Moebius en la que Focillon habría ordenado el juego entre lo arcaico, lo clásico, lo manierista y lo barroco venía genial para entender el equilibrio y la tensión entre los monstruos aristocráticos, de masas, endógenos y experienciales, puesto que ambas series de categorías compartían rasgos formales fundamentales.

Pero mucho más allá de eso, el juego de lógicas de la estética modal parecía poder revelarnos algo acerca del origen mismo de cada una de esas modulaciones de la monstruosidad. No se trata de hacer un spoiler completo de la sesión de este martes, pero el caso es que ahora cada uno de esos cuatro tipos de monstruos aparecía como la pesadilla, como el específico malograrse de cada uno de los tipos de inteligencia que el pensamiento modal nos planteaba.

Obviamente cabía el riesgo de que estuviera arrimando -muy descaradamente- el ascua a mi sardina conceptual para darle el punto óptimo -crujiente y dorado- a la cosa.

Pero también podía suceder que estuviéramos ante algo bastante más grande que sardina o ascua alguna. Quizás estuviéramos tanteando algo de eso que Wittgenstein llamaba “el orden a priori del mundo, es decir el orden de las Posibilidades que Mundo y Pensamiento deben compartir” (Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, # 117). Nada menos.

Esto nos llevaba mucho más allá del marco inicial, con sus tipos de monstruos-amenazas y sus formas de revuelta y represión. Nos llevaba, montados en la barcaza de hojalata del pensamiento modal al mismísimo “corazón de las tinieblas”, a algo así como una teoría general del mal concebido -tan socráticamente como se quiera- como el ancho campo en el que dan en malograrse y en revelarse estúpidos y torpes nuestros más elevados proyectos y nuestras grandes o pequeñas intenciones y deseos.

Quería explicar esto aquí, en la entrada misma al río de este seminario para que cada cual juzgue por sí mismo hasta donde quiere remontarlo… para que vaya pensando qué le va a contar a Kurtz cuando se lo encuentre de bruces…

A estas alturas aun no se si optaré por ir dejando aparecer los textos y las ideas en el orden temporal en que fueron concebidos escritos o si más bien los modificaré para que muestren el orden conceptual al que finalmente han llegado y que quizás estuvo ahí desde siempre, como el río, la selva y nuestra perplejidad ante todo lo grande y lo pequeño.

Audio de la sesión: